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Anecdotas Parlamentarias

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  • «Estudiaba francés, alemán y cultura general. No estudiaba en absoluto. De la literatura francesa sólo recuerdo a Baudelaire. Cada mañana me levantaba a las cinco para ir a pasear, subía muy alto y, al otro lado, veía un espejo de agua abajo en el fondo. Era el lago Constanza. Miraba el horizonte y el lago; aún no sabía que también en ese lago habría un colegio para mí. Comía una manzana y caminaba. Buscaba la soledad y tal vez el absoluto. Pero envidiaba al mundo.

    Sucedió un día durante la comida. Estábamos todas sentadas. Llegó una muchacha, una nueva. Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humildad. También parecía disgustada. Lo primero que pensé: Ha llegado más lejos que yo.»

    "Los hermosos años del castigo"
    (Fleur Jaeggy)

    Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada.

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    • Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
      He oído que mamá ha muerto.
      Fernando Iwasaki
      Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada.

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